Algo que no se reconoce como presente no existe. Quizá la frase suene demasiado tajante, pero es cierta. Lo podemos ver de manera simple, cuando podemos darle un nombre a una cosa, se convierte automáticamente en algo en nuestra propia percepción.

Por lo que el reconocimiento de los Derechos Humanos se vuelve un gran hecho histórico de la humanidad. La autoridad reconoce que tenemos derechos, que nuestra simple naturaleza de ser humano nos hace acreedores a la vida, la libertad, salud, respeto, entre otras cosas.

Aún con el reconocimiento, es muy común escuchar y saber de casos en los que la autoridad omite el ejercicio de éstos derechos y por tanto, agrede la esfera jurídica del individuo. Por ésta razón también existen, a nivel nacional e internacional, mecanismos de control que nos ayudan a, prácticamente, hacer que la autoridad cumpla el ejercicio de esos derechos.

Para poder llegar a este proceso, pasaron muchos eventos concatenados. En todos estos procesos, las normas jurídicas se acoplan y actualizan a las necesidades sociales. Esta evolución se centra cada vez más, en lograr la libertad. Lograr esa libertad que Simone de Beauvoir proclama, aquella que es pura y transparente.

Cada que un avance institucional sucede, nos encontramos un pasito más cerca de experimentarla, pero como todo proceso social, para muchos es difícil poder reconocer el cambio. Así, como dijimos anteriormente, si no se reconoce no existe, siendo éste el pensamiento de los que se niegan a su aceptación.

No hay otra forma de acceder al cambio si no es mediante una lucha constante por lo ya normalizado. No podemos luchar contra la violencia si no identificamos los actos de violencia que nuestra cultura y sociedad, hasta ahora, han normalizado. No podemos percibir ni actuar sobre la homofobia si no reconocemos que la padecemos y, por negarnos a hacerlo, no solo nos estamos negando a una realidad, sino que estamos agrediendo a los que no son como nosotros. No podemos actuar sobre el racismo, si no puedo reconocerlo como tal.

Por ello es necesario que nos conozcamos, que busquemos ser mejores. El ejercicio de los derechos humanos y sus garantías esta reconocido por la autoridad, por el Estado, ahora es parte de nosotros el reconocerlos, y practicarlos en beneficio de todos. 

Si bien es complejo, esta semana han pasado situaciones que nos hacen preguntarnos sobre la existencia de humanidad entre nosotros. En México, otro feminicidio que se hizo mediático, el cual solo despierta la desesperación, el miedo de ser mujer en el país, el miedo de perder a tu mamá, hija, hermana, esposa, novia, amiga, abuela, prima, tía, únicamente porque su género es femenino; y más allá de ello luchar por obtener protección del estado y tener como respuesta un programa contra la violencia doméstica consistente en contar hasta diez.

Conocer el origen de los males es clave para poder erradicarlos, pero si tenemos a personas que no reconocen su comportamiento violento, que incluso lo exaltan con la finalidad de adquirir aceptación, estamos en un grave problema. ¿Cuántos cuerpos más debemos de ver para reconocer las cifras, los datos, las victimas y encontrar a sus agresores? La impunidad y la ignorancia se convierte en el arma secreta de los agresores y en la re-victimización inevitable.

Por: Ameyalli Massiel

Abogada y politóloga egresada del Tecnológico de Monterrey, con especial enfoque a temas de equidad, bienestar y derechos humanos. Se ha desempeñado como asistente de investigación en materia de Estado de Derecho, ética y violencia de género, con especial interés en protección de grupos vulnerables y de descubrimiento de las nuevas vertientes del derecho cibernético. Busca la activa de distintas disciplinas para generar políticas de bienestar. En la actualidad tiene en desarrollo estudios sobre la pobreza, el género y la tecnología como un posible factor de riesgo en la violencia de género.