La entrada en guerra con Irán por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, representa hasta ahora la decisión más trascendental de su segundo mandato: una operación de objetivos y duración inciertos que enfrenta el riesgo de estancarse y convertirse en un nuevo Irak.
Tras el ataque a gran escala iniciado por Estados Unidos e Israel, que resultó en la muerte del ayatolá Alí Jameneí, en el poder desde 1989, Trump aseguró que lo más contundente aún estaba por venir y que la ofensiva continuará hasta destruir el programa iraní de misiles, su marina y sus capacidades para fabricar un arma nuclear.
La presión de Israel y el giro estratégico
La eliminación del liderazgo iraní había sido una exigencia constante del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien presionó en reiteradas ocasiones a Washington. Sin embargo, Trump —que durante la campaña criticó las guerras “eternas”— se había mostrado inicialmente cauteloso.
En un episodio previo, el mandatario ordenó bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes, aunque entonces descartó eliminar a Jameneí para evitar una mayor desestabilización regional.
El contexto cambió tras una operación militar en Venezuela que, según la Casa Blanca, resultó exitosa y fortaleció la percepción de eficacia militar sin costos humanos para Estados Unidos. Paralelamente, Washington evaluó como débil la respuesta iraní a ataques anteriores.
Del pulso diplomático al ataque “preventivo”
Mientras el Pentágono desplegaba una importante fuerza militar en la región, incluidos portaaviones, la Casa Blanca sostenía públicamente que prefería una salida diplomática y un acuerdo para limitar el programa nuclear iraní, similar al que Trump rompió durante su primer mandato.
En Ginebra, enviados estadounidenses como Steve Witkoff y Jared Kushner mantuvieron una última ronda de negociaciones con el ministro iraní de Exteriores, Abás Araqchí. Sin embargo, según fuentes estadounidenses, Irán rechazó una propuesta que implicaba renunciar al enriquecimiento de uranio a cambio de suministro permanente de combustible nuclear.
Funcionarios de la Administración sostienen que Teherán disponía de uranio enriquecido suficiente para fabricar múltiples armas atómicas, una acusación que el Gobierno iraní niega.
El secretario de Estado, Marco Rubio, defendió que existía la posibilidad de un ataque israelí inminente y de represalias iraníes contra bases estadounidenses, por lo que Washington optó por un golpe “preventivo”.
Trump ordenó el inicio de la operación denominada “Furia Épica” a bordo del Air Force One. El ataque, realizado de forma sorpresiva y a plena luz del día, destruyó el cuartel general de Jameneí y golpeó la cúpula militar iraní. Teherán denunció que también hubo víctimas civiles.
Escalada y riesgos políticos
Irán respondió con ataques aéreos contra Israel y contra posiciones en países donde Estados Unidos mantiene bases militares. Al menos seis militares estadounidenses han muerto en las represalias, y el propio Trump anticipó que podría haber más bajas.
La escalada regional parece inevitable. Estados Unidos ha recomendado a sus ciudadanos abandonar varios países de Oriente Medio, mientras su embajada en Arabia Saudí fue atacada.
En el plano interno, la oposición demócrata cuestiona la legalidad del operativo, al considerar que no fue notificado debidamente al Congreso, el órgano facultado para autorizar una guerra. También ha criticado la gestión de la evacuación de civiles.
El Gobierno ha enviado señales mixtas sobre el objetivo final: mientras Trump ha instado al pueblo iraní a tomar el poder, el Pentágono niega que se busque un cambio de régimen.
El presidente sostiene que la operación podría prolongarse varias semanas si fuera necesario, aunque asegura que no será un conflicto “interminable” como la invasión de Irak en 2003, una guerra que él mismo ha criticado en el pasado.
Según fuentes oficiales, la ofensiva fue diseñada para durar entre cuatro y cinco semanas. Los próximos días serán determinantes para evaluar si se trató de una estrategia calculada o de un error con consecuencias imprevisibles.