Seguramente alguna vez has escuchado todas las distintas teorías sobre la evolución de los seres humanos y como pasamos desde el Australopithecus hasta el Homo sapiens por medio de una serie de cambios que conocemos como “cambios evolutivos” desde nuestra apariencia física, postura, forma de nuestro cráneo, habilidades, etcétera. Prácticamente la totalidad de los cambios que son definidos por los historiadores tienen que ver con características tangibles, que podemos ver y comprobar muy fácilmente; sin embargo, ¿Te has preguntado como llegamos de vivir en cuevas a nuestra sociedad actual?, ¿Qué pasó con nuestro cerebro? ¿Qué pasó con nuestra cognición? ¿Cómo fue que llegamos a desarrollar personalidades, gustos y habilidades súper complejas que han definido prácticamente todo lo que somos ahora? Aunque actualmente tenemos muchas teorías sobre cómo sucedió esto, la realidad es que, se quedarán únicamente como posibles hipótesis de lo que sucedió, ya que no tenemos manera real de comprobarlo.


Algo muy parecido a la historia de esa evolución sucede con la manera en que nuestra psique se desarrolla y crea patrones cognitivos que definirán, hasta el más mínimo detalle, nuestra personalidad y la manera en que reaccionamos a los distintos estímulos con los que nos está bombardeando constantemente la sociedad actual.


Te llevo un poquito de la mano: Primero, la psique es el nombre que los psicólogos le han dado a todos los procesos conscientes o inconscientes que son propios de la mente humana; es decir, todo eso que claramente nos conforma, pero no podemos ver, ni tocar, ni encontrar en imágenes de nuestro cerebro ni la biología base de los seres humanos. Todos tenemos una psique, porque todos tenemos esos procesos cognitivos, sin embargo, la estructura de cada uno puede variar con una infinidad de posibles combinaciones sobre qué es lo que pasa con tus procesos y cómo se conforman tus ideas, emociones y respuestas. Estos patrones y combinaciones se definirán básicamente con 3 cosas: El temperamento con el que naces, el carácter que formas según tus experiencias sociales y las respuestas que aprendes a lo largo de tu desarrollo (y sobre todo en los primeros años de vida).


Esa combinación específica entre tu temperamento, carácter y las respuestas aprendidas conforman tu personalidad, definen tus rasgos característicos, modo de afrontamiento, gustos, disgustos, preferencias, etc, etc.


Pero entonces…si la personalidad se forma, en gran parte, con estas características innatas, ¿la podemos modificar? o ¿estamos “predestinados” a reaccionar y comportarnos siempre según esas respuestas aprendidas? La respuesta es: ¡la podemos modificar!


Así como aprendimos a reaccionar de cierta manera, podemos también desaprender nuestros patrones de comportamiento y cambiarlos. Claro que es bastante más complejo tener que identificar, modificar, desaprender y reaprender aquellas cosas de nuestro comportamiento que no nos gustan del todo de nosotros mismos, pero, hay cosas que vale la pena modificar, como ese tic probablemente muy molesto de morder siempre las tapas de las plumas… o peor, la necesidad de controlar todo y a todos a tu alrededor.


¡No te preocupes! No todo está perdido. Puedes siempre acudir con un psicoterapeuta que te ayude a identificar esas cosas y te proporcione técnicas y herramientas con las cuales modificarlas y de paso, aumentar tu bienestar.

Por: Carmen Lizola

Egresada de la Universidad Panamericana. Licenciada en Psicología, especialista en Psicología Organizacional. Maestra en Alta Dirección por la Escuela Bancaria Comercial. Apasionada del funcionamiento de la psique y comportamiento humano. Experiencia en el ámbito de la psicología clínica y organizacional, enfocada en la creación de estrategias globales de intervención; intervenciones realizadas tanto en el ámbito público como privado, con especial enfoque en la gestión de capital humano. Amante de la naturaleza, los animales y el mar.