Mientras he pasado el tiempo ideando nuevos temas a tratar, temas que vayan más allá de la pandemia de COVID-19, violencia y pobreza en México, ha sido imposible quitar el dedo del renglón.

Lo que es cierto, es que en estos tres problemas se evidencia el sesgo de normalidad del que somos víctimas.

El sesgo de la normalidad es el fenómeno psicológico que hace que minusvaloremos la posibilidad de que desastres ocurran y cuando estos ocurren se subestiman sus efectos. Es definido también como un mecanismo de defensa. Quizá podamos decir que es una forma positiva de enfrentar los problemas hasta que llega a un extremo.

image

En este orden de ideas, si bien no se trata de utilizar este sesgo como un justificante hacia varias acciones gubernamentales, sociales y personales, sí se trata de comprender las implicaciones que este sesgo ha generado de manera persistente en el país.

A inicios de año se presentaba el conocimiento del esparcimiento del COVID-19 en distintos países y comenzaba a multiplicarse la cantidad de infectados. Claro que hubo actitudes de pánico e incluso se llego a presentar uno que otro caso de xenofobia (no tan notorio como del que fueron víctimas los mexicanos en China allá por el 2009).

En este caso, el problema se presentaba en el viejo continente, no había casos en América aun, es decir, nada que nuestros gobiernos pudieran hacer sobre el problema. Sin embargo, teniendo conocimiento del rápido esparcimiento alrededor de varios países se podría haber esperado acciones proactivas y de prevención en aeropuertos, e incluso comenzar con capacitación en hospitales conforme lo que se comenzaba a tener de conocimiento sobre el virus.

El tiempo pasaba, y las noticias mostraban a un mundo aterrorizado con este virus del que poco conocimiento se tenía, los primeros casos comenzaron a darse en América, aun no había ninguna actuación preventiva por parte del Gobierno Mexicano. Así llegamos a que casos se comenzaran a dar en el país, el sesgo de la normalidad persistía en México, se concebía al virus como una simple gripe, una enfermedad irreal ideada para controlar a las masas, una enfermedad de los ricos, etc.

Y mientras el mundo entero entraba en cuarentena, México dio de que hablar a nivel internacional. Se cuestionaban si pensábamos que éramos invencibles, referían a que el Presidente era el claro ejemplo de lo que no se debía de hacer, en contraste, las mañaneras decían que no nos preocupáramos como Nación, que continuáramos con los besos y los abrazos. Buscaban dar tranquilidad en medio de la histeria. Estos mensajes, puede que hayan costado algunos infectados, pero también tranquilizaron a otros. Esto llegó a su fin con la creación de políticas de ataque y contención similares a las tomadas a nivel internacional.

AMLO estrecha las manos de sus partidarios, el 14 de marzo de 2020 en Xochistlahuaca.

Sin embargo, ante la reacción de la sociedad que se preparaba para un posible desastre, teníamos la posición de otro gran sector social que se negaba al mismo, que no veía la posibilidad que existiera, que incluso parte de él puede verse en las calles, buscando la normalidad en la anormalidad.

Y en atención a un posible desastre se obstruye la prevención de otro, más bien, se niega la existencia de otro. Según datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) la violencia de género es más común en entornos de emergencias humanitarias. México ocupa el lugar número 12 en países más violentos conforme el Estudio Global de Homicidios 2019 del Centro de Información de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En el que detalla, datos que son conocidos por la mayoría, las mujeres y las niñas representan una proporción mucho menor de víctimas de homicidio en general que los hombres, aunque siguen siendo, con mucho, las que soportan la mayor carga de los homicidios cometidos por sus parejas íntimas y por su familia.

En este tema en especial, el desastre se interpreta como en un incremento de violencia en los hogares, incluso de feminicidios. En este entendido una de las primeras noticias sonadas sobre el tema, fue aquella de la académica de la UNAM desaparecida y hallada sin vida, dónde el culpable fue señalado como el hijo. Otro caso de total indignación fue el de la nena de 13 años que fue violada y privada de la vida en su hogar.

Violencia de género

Desde que en México se decretó la segunda fase de la pandemia por COVID-19, los teléfonos de emergencia han presentado gran actividad. Red de Refugios refiere a un incremento del 60 por ciento en la violencia contra las mujeres a nivel nacional. El Consejo Ciudadano advirtió que las llamadas al 911 se dispararon un 32 por ciento.

Varias mujeres del país quedaron condenadas al ser encerradas con sus agresores.

Sobre este tema, la carencia en su percepción y reconocimiento, aunado a una subestimación del desastre, ha ocasionado que la asistencia en hogares no fuese inmediata. Frente a la gran problemática se olvidó el tomar acciones con perspectiva de género, dejando a las mujeres vulnerables. Tan es así que después de casi dos semanas de confinamiento, la Secretaria de Hacienda liberó recursos para refugios de mujeres violentadas.

Aunque para muchos suene absurdo o poco serio, es una lamentable realidad que a muchas mujeres el trabajo representaba un respiro de la violencia en casa que, si bien no había tenido la oportunidad de escalar hasta el desastre, ahora presume las posibilidades de lograrlo.

En esencia, este sesgo se muestra en la vida diaria de los individuos y que como ya observamos tiene repercusiones en la toma de decisiones ya sea en el ámbito político, social o personal.

La dificultad para reaccionar a situaciones no experimentadas con anterioridad se basa en la subestimación de la posibilidad que el desastre ocurra, como fue con la llegada de la pandemia al territorio nacional, o que una vez que ocurre se subestiman sus efectos, como sucede con la violencia contra las mujeres y feminicidio.

¿Cuántas veces hemos sido víctimas de este sesgo?

Por: Ameyalli Massiel

Abogada y politóloga egresada del Tecnológico de Monterrey, con especial enfoque a temas de equidad, bienestar y derechos humanos. Se ha desempeñado como asistente de investigación en materia de Estado de Derecho, ética y violencia de género, con especial interés en protección de grupos vulnerables y de descubrimiento de las nuevas vertientes del derecho cibernético. Busca la activa de distintas disciplinas para generar políticas de bienestar. En la actualidad tiene en desarrollo estudios sobre la pobreza, el género y la tecnología como un posible factor de riesgo en la violencia de género.