La violencia es uno de los mayores males que asedian a la sociedad día con día. De manera común se relaciona a la violencia con las agresiones físicas, moretones, sangre, heridas; sin embargo, ahora con un mayor espectro de violencia y las campañas que se han extendido a lo largo del mundo se sabe que la violencia también puede presentarse de manera verbal, económica y puede no ser tan visible como un moretón.

En una sociedad que se caracteriza por agresiones físicas graves, es necesario indagar sobre las implicaciones del espectro de la violencia desde un ámbito amplio, que tenga énfasis en aquellas formas de concepción de la violencia que no necesariamente son visibles y de las que hemos sido parte.

El hablar de violencia se convierte en un tema crudo y sagaz susceptible a incomodidades por la forma descarnada de acatar las realidades sociales sin ninguna justificación a los hechos, sino únicamente la existencia de éstos.

Para comprender los alcances e implicaciones de la violencia, es sencillo si se percibe como parte de las relaciones sociales, como el tinte que se puede presentar en las mismas. Si bien, no todas las relaciones sociales son violentas, la presencia latente de la violencia como posibilidad en las maneras más variadas de relación social es inapelable. 

Las bases del conflicto por medio del reconocimiento de “el otro”, causando una separación y disgregación en la percepción de los individuos se convierten en una forma de entender la concepción de violencia. La violencia de manera amplia hace referencia a la negación del otro, por medio de una acción que evidencia la repulsión o no aceptación del individuo.

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Lo indispensable y principal de percibir a la violencia como relación social es destacar el papel participativo que pueden tener los distintos sujetos de la relación, tanto la víctima, los agresores y los espectadores.

No se debe de perder de vista que hay ciertas formas de violencia como las concepciones de Galtung de violencia estructural y violencia cultural, la violencia simbólica de Bourdieu o la violencia moral de Segato que son formas de violencia que se caracterizan por la falta del uso de la fuerza física y consecuencias inmediatas y visibles.

Segato, hace referencia a la violencia moral como el medio más eficiente de los mecanismos de control social y reproducción de las desigualdades. La coacción psicológica se construye en el horizonte constante de las escenas cotidianas de sociabilidad y es la principal forma de control y opresión en casos de dominación. Esta violencia tiene un principal enfoque al análisis en el universo de las relaciones de género.

La violencia simbólica es un concepto retomado de los 70 para referir una relación social donde el dominador ejerce un modo de violencia indirecta en contra de los dominados, los cuales no la evidencian y/o son inconscientes de dichas prácticas en su contra, por lo cual son cómplices de la dominación a la que están sometidos. Ejemplo de esto son las bromas o modismos del lenguaje que bajo análisis de su expresión y el uso de estereotipos exprimen un discurso ideológico anclándolos en determinados valores y prejuicios solidificados en la sociedad, aunque no sea la intención de quien las usa como, “trabajar como un negro”.

Por otra parte, la violencia estructural aparece como resultado de procesos de estratificación social en que se produce un perjuicio en la satisfacción de las necesidades humanas básicas: supervivencia, bienestar, identidad, libertad, etc. Al ser un tipo de violencia indirecta e incluso no intencionada, en ocasiones las causas que producen la violencia estructural no son visibles con claridad y es más complicado enfrentarse a ella. Para visualizarla podemos referir a que las acciones que provocan el hambre en el mundo, por ejemplo, no están diseñadas y realizadas directamente con ese fin, sino que derivan de la política económica capitalista y el reparto desigual de la riqueza.

En este caso en particular podemos encausar a todos aquellos mexicanos que se encuentran pendiendo entre la enfermedad y el hambre, es decir 9.3 millones de mexicanos que son víctimas de violencia estructural.

Por último, pero no de menos, la violencia cultural, es una violencia simbólica, que se expresa en infinidad de medios y cumple la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren. En este aspecto encontramos las percepciones sobre el origen de la pobreza, la idea de que el nacionalismo y patriotismo justifican las guerras o la xenofobia.

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Estos tipos de violencia se encuentran interrelacionados, Galtung, refería que las causas de la violencia directa están relacionadas con situaciones de violencia estructural y justificadas por la violencia cultural. Los estereotipos y prejuicios se convierten en principales proyecciones de violencia indirecta en esta situación.

Los grupos vulnerables y las minorías pueden identificarse como las principales víctimas, sin embargo, la perpetuación de las conductas y la imposibilidad de nombrarlas o identificarlas se vuelve parte de la efectividad del dominio ejercido por la violencia.

Es decir, sin pensarlo, sin quererlo, y en ocasiones, sin intención de hacerlo, hemos sido víctimas—quizá el papel más fácil de aceptar—pero también hemos sido agresores, puede que sea complejo reconocer en qué momento hemos agredido, pero es necesario hacer un juicio objetivo en nosotros mismos para mejorar como personas, como profesionistas, como seres humanos.

Estas formas de violencia son comunes en el país, como en muchos otros. El primer paso para erradicarlas es conocerlas e identificarlas. Si bien se retoman varios elementos y sucesos de los que se tienen conocimiento, sigue siendo una forma de concientizar sobre su existencia y reflexionar sobre lo que pasa a nuestro alrededor.

Reflexionar en qué papel nos hemos encontrado, si hemos sido agresores, víctimas o hemos sido espectadores y cómo hemos actuado frente a ésta situación.

Por: Ameyalli Massiel

Abogada y politóloga egresada del Tecnológico de Monterrey, con especial enfoque a temas de equidad, bienestar y derechos humanos. Se ha desempeñado como asistente de investigación en materia de Estado de Derecho, ética y violencia de género, con especial interés en protección de grupos vulnerables y de descubrimiento de las nuevas vertientes del derecho cibernético. Busca la activa de distintas disciplinas para generar políticas de bienestar. En la actualidad tiene en desarrollo estudios sobre la pobreza, el género y la tecnología como un posible factor de riesgo en la violencia de género.