Estamos iniciando un año nuevo y, a diferencia de otros años, mis redes sociales los últimos días han estado inundadas de mensajes parecidos a “¡a nadie se le vaya a ocurrir pedirle a este año que nos sorprenda!” y, honestamente, me ha provocado mucha gracia. ¿Por qué no? dejemos que todos los años nos sorprendan tanto como lo hizo el que acaba de terminar y nos den la oportunidad de reencontrarnos con nosotros mismos, nuestros pensamientos y emociones.

Desde mi punto de vista, esto último es la razón principal de porque no deseamos ser “obligados” a estar con nosotros mismos y tener tiempo para la introspección. La mayoría de nosotros no conocemos nuestras emociones y mucho menos las comprendemos, por lo tanto, nos sentimos muy incómodos al tener que enfrentarnos a situaciones que nos obligan a ponernos en contacto con ellas, sobre todo aquellas que consideramos desagradables. Sin embargo, es importante saber que el objetivo principal de nuestras emociones es alertarnos sobre algo (sí, cualquier cosa) que está pasando en nuestro ambiente y a lo que es importante ponerle atención.

Bajo esta premisa, aunque hay algunas emociones que nosotros experimentamos como desagradables, son precisamente estas a las que es importante que podamos ponerles mucha más atención que al resto, ya que seguramente nos están alertando de algún elemento posiblemente dañino en nuestro entorno. Algunas de éstas son el miedo, enojo, frustración, desesperación o angustia.

Sin embargo, al igual que todo en nuestra vida, las emociones en exceso también pueden ser dañinas. Cuando esto sucede, son denominadas emociones aflictivas y tienen la capacidad de convertirse en verdaderos monstruos para nuestra vida cotidiana. Estas emociones son tan importantes que incluso cambian de nombre cuando son excesivas, encontramos que el enojo ahora se llama rabia, la tristeza se convierte en depresión, la decepción se convierte en rencor y la incertidumbre en culpa. Todos hemos experimentado al menos una de estas emociones alguna vez en nuestra vida y sabemos que cuando están presentes suelen ocupar la totalidad de nuestros pensamientos y en algunas ocasiones incluso pueden llegar a controlar nuestros actos y afectar nuestra toma de decisiones,

La mala noticia es: estos monstruos emocionales sí existen, viven dentro de ti y tienen la capacidad de cambiar por completo tu perspectiva ante la vida. La buena es: tu tienes toda la capacidad para controlarlos. Las emociones aflictivas se alimentan, fortalecen y crecen con el contenido de nuestros pensamientos, por lo que al combatir los pensamientos negativos podemos también debilitar fuertemente las emociones aflictivas, incluso hasta el punto en el que se conviertan únicamente en emociones que nos avisen sobre algún elemento específico de nuestro entorno. Algunas formas en las que puedes trabajar el contenido de tus pensamientos son:

  • Meditación
  • Distracción cognitiva
  • ABC de pensamientos (buscar evidencias a “favor” y “en contra” de lo que estás pensando)
  • Descripción tal cual de las situaciones, sin colocar juicios

Así que tú decides ¿cuánto quieres alimentar a tus monstruos? y ¿qué vas a hacer para evitar que crezcan?

Por: Carmen Lizola

Egresada de la Universidad Panamericana. Licenciada en Psicología, especialista en Psicología Organizacional. Maestra en Alta Dirección por la Escuela Bancaria Comercial. Apasionada del funcionamiento de la psique y comportamiento humano. Experiencia en el ámbito de la psicología clínica y organizacional, enfocada en la creación de estrategias globales de intervención; intervenciones realizadas tanto en el ámbito público como privado, con especial enfoque en la gestión de capital humano. Amante de la naturaleza, los animales y el mar.