Septiembre es el mes que nos recuerda las victorias y derrotas de nuestro México querido, nuestra independencia del otrora imperio español y nuestra derrota ante el actual imperio yanqui.

Y entre ese devenir de historias que dos siglos pueden acomodar tenemos nuestra propia cuota de guerras internas que han moldeado nuestro entorno, y dentro de ellas miles de historias de todo tipo, cual novela de televisa.

Así hemos visto transitar en todos nuestros libros de historia las traiciones de unos y otros, engaños, conspiraciones, corruptelas, y toda clase de pendejadas que nos han legado una rica historia de la que pocas veces nos enorgullecemos.

Pese a ello, históricamente, nuestros gobernantes han intentado borrar sus errores y culpas por medio de la bonita tradición de poner placas y hacer monumentos en los cuales, a falta de acciones verdaderamente trascendentes, perpetúan sus nombres ya que su legado no existe.

A poco no le parece verdaderamente egocéntrico, encontrar tanta placa de metal anunciando la presencia de nuestros ilustres presidentes municipales, gobernadores, diputontos y demás achichincles de las secretarías, hasta el tlatoani mayor en la inauguración, construcción, supervisión o asistencia al acto, de gran cantidad de edificios, clínicas, estadios, cantinas, bares y congales.

Personalmente siempre me ha parecido que las grandes obras de los reyes chiquitos se fundamentan en el hecho de pegar tabiques en vez de generar condiciones que permitan a los ciudadanos generar riqueza.

Qué necesidad de poner una placota en lugares donde perdimos batallas y territorios, como si elevar nuestras derrotas nos enseñara algo más que a ser mediocres.

Y ni hablemos de los monumentos esparcidos por todo el territorio, ya sea conmemorar la independencia, la revolución, las intervenciones, las epopeyas militares que tanto nos han y nos siguen costando.

Pero bueno al menos antes nos defendíamos de las invasiones, es decir defendíamos el suelo patrio de la violación de los extranjeros imperialistas que pretendían saquearnos, cabe la posibilidad de que hacer un monumento, poner una placa puede tener algo de razón histórica.

¿Pero después de revolución?

Nombrar calles, avenidas, ciudades, estados por decreto, no le parece una barbaridad una suerte de hacer ruido para que no se ponga atención en lo verdaderamente importante.

Si algo no nos ha enseñado nuestra historia es a mejorar a través de nuestros errores, a rectificar antes de necear y perder más de que probablemente ganamos.

Pero si no aprendemos ayer, a lo mejor si aprendemos hoy… bueno quizá el sexenio próximo, cuando veamos las plaquitas que conmemoren las epopeyas que tuvo que librar lopes para hacer sus obritas, eso sí con una placota de cuarta, por su ganso que sí.

¡Pues ya que, no!

Placas y menumentos pa’ recordar al jumento.

Por: Netzahualcoyotl Paredes

Periodista, Fotógrafo, Gamer, Lector y Cinéfilo.
Presente en medios de comunicación desde el siglo pasado.
Ganador del Premio México de Periodismo en 2015.
Siempre busco pero no encuentro…