Yo no sé ustedes, pero para mi entre más se acercan las fechas decembrinas y me doy cuenta de que no podré festejar la Navidad como estoy acostumbrada a hacerlo, más me da la sensación de que la situación de la pandemia, oficialmente, ha terminado de arruinar mi 2020.

La pandemia inició oficialmente en nuestro país a mediados de marzo y entonces pensé “no pasa nada, serán solo unas semanas”; después, en abril, llegó el cumpleaños de mi mejor amiga y dije “uuuuy, que mala suerte”. El verano nos alcanzó y ¡Oh oh! Ni playa, ni sol, ni arena; bueno… ni modo. Cumpleaños de la persona que más amo en este mundo: Hubo que vivirlo en casa; Halloween (y el inicio de mis meses favoritos del año) y nada de fiestas de disfraces, y ahora… oficialmente es diciembre y ¿nada de posadas? ¡BASTA!

            Al vivir y trabajar en un ambiente médico durante estos meses he intentado convencerme de que los casos positivos que he conocido de COVID-19 se deben a que “están en el ambiente”; pero conforme avanzan los meses más me doy cuenta de que no, si me entero de muchos casos positivos es porque ¡cada vez hay más gente enferma! Pero tranquilos, que no moriremos todos (todavía).

            Al pensar (y claramente dramatizar) todo esto me di cuenta que, como siempre, de cada situación podemos sacar algo positivo y un muy buen aprendizaje, y definitivamente, la situación de la pandemia no es la excepción. Si algo he podido reforzar y fortalecer durante todos estos meses de pandemia es mi tolerancia a la frustración, es decir, ha mejorado significativamente la capacidad que tengo de enfrentar los problemas y complicaciones que se presentan en mi día a día.

            La mala noticia es que vivimos en la era de la inmediatez. Todo lo que deseamos suele estar al alcance de la palma de nuestra mano, a un click de distancia o bien, puede solucionarse siempre y cuando tengas suficiente tiempo y dinero. Por lo tanto, las personas de nuestra generación no estamos acostumbrados a tener que “aguantar” cuando no podemos obtener algo, y en general, no solemos tomarlo nada bien.

            Algunas de las consecuencias de tener una baja tolerancia a la frustración son las siguientes:

  • Dificultades para relacionarnos con otros y establecer relaciones interpersonales
  • Mucha facilidad de enojo
  • Altos niveles de ansiedad
  • Irritabilidad constante
  • Agresiones verbales o físicas hacia otra persona o uno mismo
  • Inestabilidad emocional
  • No alcanzar sus objetivos, por no “sobrevivir” a las complicaciones

Pero tranquilo, no todo está perdido. La buena noticia es que la tolerancia a la frustración es una actitud, por lo tanto, puede trabajarse. La forma más sencilla, y probablemente también la más rápida, de hacerlo es practicar la aceptación incondicional. Para hacer esto el primer paso es recordar que, a pesar de tus respuestas emocionales, las cosas siempre serán así: Justo como son. El hecho de que a nosotros nos gustaría que las cosas pudieran ser diferentes, esto no significa que la realidad tiene que se de otra manera.

Otra cosa que podemos hacer es aceptar que la situación nos provoca ciertas emociones, que a veces pueden ser desagradables y simplemente dejar que nuestro cuerpo las experimente. No, la tristeza, enojo o frustración no son emociones que deseemos sentir, sin embargo, es importante recordar que lo que hacen es hacernos notar algo en nuestro ambiente a lo que únicamente debemos ponerle atención, no nos están anunciando el fin del mundo.

El último elemento fácil como “antídoto” para la tolerancia a la frustración es la exposición, es decir, la experimentación constante de situaciones poco agradables. Recuerda: La práctica hace al maestro, así que, entre más expuesto estés a situaciones que te resulten difíciles de lidiar, mejor te volverás tolerando la frustración que esto te genera. Piénsalo, ¿qué mejor exposición constante a situaciones no planeadas y poco deseadas que las que encontramos justo en medio de una pandemia mundial?

¡Sé más inteligente! Utiliza la situación para tu beneficio y crecimiento personal y comprobarás, de viva voz, que en realidad todos saldremos fortalecidos de esto.

Por: Carmen Lizola

Egresada de la Universidad Panamericana. Licenciada en Psicología, especialista en Psicología Organizacional. Maestra en Alta Dirección por la Escuela Bancaria Comercial. Apasionada del funcionamiento de la psique y comportamiento humano. Experiencia en el ámbito de la psicología clínica y organizacional, enfocada en la creación de estrategias globales de intervención; intervenciones realizadas tanto en el ámbito público como privado, con especial enfoque en la gestión de capital humano. Amante de la naturaleza, los animales y el mar.